La intuición: la inteligencia que nace del cuerpo
Durante toda mi vida profesional he sentido que algo en mí sabía antes de que yo pudiera explicarlo. Era una certeza corporal, una voz suave que me orientaba sin palabras: un “sí” que emergía desde adentro o un “no” que retumbaba en cada fibra. Durante muchos años, sin embargo, me sentí mal por tener esa intuición tan fuerte, porque en el ámbito profesional y académico se esperan demostraciones, evidencias cuantificables, explicaciones racionales. Esa discrepancia interior me generaba malestar: ¿cómo justificar algo que no siempre podía sostener con argumentos?
Con el tiempo he entendido que la intuición no es lo opuesto a la inteligencia, sino su expresión más refinada. Es un modo de conocimiento que nace del cuerpo, una lectura silenciosa y rápida de la realidad que antecede al pensamiento discursivo. He comprobado —en mí, en mi consulta, en mi enseñanza— que cuanto más habito el cuerpo, más clara se vuelve esa voz interna.
La intuición como conocimiento encarnado
La intuición no habita en la mente; habita en el cuerpo. No es una idea previa, sino un saber silencioso que se manifiesta como sensación, tensión, expansión, contracción. Surge como una lectura de coherencia o incoherencia —una señal que el cuerpo no puede ignorar, aunque la mente aún no la entienda.
Este fenómeno tiene respaldo en la ciencia a través del estudio de la interocepción, es decir, la capacidad del organismo de sentir sus procesos internos (latido cardíaco, respiración, tensión muscular, sensación visceral). Esos procesos no esperan a la conciencia: operan en el trasfondo, evaluando, ajustando, orientando. En muchos casos, nuestras decisiones más acertadas provienen de esas señales que apenas percibimos conscientemente.
El neurólogo Antonio Damasio introdujo una idea fundamental: la teoría de los marcadores somáticos. Según esta hipótesis, cada emoción produce respuestas fisiológicas (un pulso, un calor, un nudo en el estómago) que quedan marcadas en el cuerpo. En futuras decisiones, esas huellas guían nuestras elecciones, ayudando a descartar opciones malas y favorecer las que resuenan internamente. En palabras simples: no somos seres puramente racionales; nuestras emociones y nuestro cuerpo forman una red que orienta nuestras decisiones.
La teoría polivagal, planteada por Stephen Porges, complementa esta visión. Explica cómo el sistema nervioso autónomo evalúa la seguridad del entorno a nivel corporal (lo que él llama neurocepción), antes de que la mente tenga oportunidad de interpretarlo. Es decir: el cuerpo registra la amenaza o la posibilidad incluso cuando la mente aún no la ha identificado. Esa evaluación corporal impacta directamente en nuestra capacidad de sentir, actuar y decidir.
Otro concepto clave proviene de Michael Polanyi y su noción de conocimiento tácito. Polanyi sostiene que “sabemos más de lo que podemos decir”; hay saberes que no pueden expresarse por completo con palabras porque están arraigados en la experiencia corpórea, en el gesto, en la memoria corporal. Esa dimensión tácita es precisamente el suelo donde germina la intuición.
Cuando pienso en estos marcos científicos, siento que mi propia experiencia y mi práctica profesional están alineadas con ellos: la intuición no es extraña, no es mágica; es la síntesis fina entre cuerpo, emoción y razón.
Cuando la intuición incomoda
No siempre fue fácil honrar esa voz interna. He vivido intuiciones muy nítidas —sobre proyectos, decisiones, relaciones— que chocaban con lo que la razón o quienes me rodeaban esperaban. Me pregunté muchas veces: “¿Estoy loca? ¿Estoy exagerando?” Trataba de racionalizar lo que sentía, de someterlo a lógica, de explicarlo para encontrar aceptación. Pero el cuerpo no se somete: cuando lo ignoro, se tensa; cuando lo callo, pasan aún más cosas. Con el tiempo todo se vuelve más claro.
Esa incomodidad interior era parte del proceso. Cuando una dirección aún no tiene lenguaje, puede asustarnos. Pero persistir en ella es confiar en que lo dicho encuentra su forma.
Negar la intuición produce efectos notorios: respiración superficial, bloqueo muscular, inquietud mental, insomnio. Escucharla, aunque no garantice certeza absoluta, genera una coherencia interna: la sensación de que uno camina con los pies en la tierra.
El cuerpo como fuente de inteligencia
A lo largo de mis años de trabajo, he observado que muchas personas “recuperan” su intuición al reconectarse con el cuerpo. Cuando respiramos consciente, cuando nos movemos sin pretensión, cuando hacemos silencio sensorial, la percepción se refina. El cuerpo se convierte en un radar de coherencia, un instrumento de lectura del entorno más sutil que cualquier análisis objetivo.
El conocimiento tácito de Polanyi interviene aquí: esa sabiduría que no se formula con palabras pero que se vive en el gesto, en la experiencia, en la memoria corporal. No solo pensamos con la cabeza: pensamos con el cuerpo.
Con esa convicción, he diseñado intervenciones, formaciones y procesos donde el cuerpo no es objeto sino sujeto de conocimiento. He visto cómo, cuando las personas vuelven a habitar su cuerpo, se activan sus intuiciones genuinas. Lo que antes era ruido, se aclara.
La intuición como pilar de la Inteligencia Corporal
Mi propuesta profesional ha sido construir un puente entre técnica, ciencia y sensibilidad bajo el paraguas de la Inteligencia Corporal. En mi libro Inteligencia Corporal: el poder del movimiento consciente (RBA, 2024), expongo que parte de esta inteligencia es la capacidad de integrar lo que sentimos, pensamos y hacemos en una unidad coherente y vivida.
En ese marco, la intuición no es un lujo ni un añadido: es un pilar imprescindible. No es predecir el futuro, sino leer el presente con amplitud. Una intuición clara indica coherencia entre el cuerpo, la emoción y el sentido. Pero para que sea nítida, necesita un cuerpo regulado, un sistema nervioso equilibrado, un corazón abierto. Por eso digo que la intuición también se entrena: se educa con movimiento, con respiración, con presencia y con paciencia.
De la duda a la confianza
Hoy puedo afirmar con convicción que he aprendido a confiar en esa sabiduría silenciosa que me ha acompañado siempre. Entiendo que la intuición no contradice a la razón, sino que la complementa.
Durante mucho tiempo busqué explicaciones. Hoy ya no las necesito para validarme. Cuando el cuerpo sabe, lo reconozco. Y actúo desde ahí —con respeto, sin necesidad de convencer—. Porque he verificado que la coherencia corporal acaba siendo la forma más precisa de compartir conocimientos.
La intuición me ha guiado en momentos decisivos de mi vida, tanto personal como profesional. Y aunque en algunas ocasiones me hizo dudar, también me enseñó que la sabiduría profunda no siempre llega como una idea clara, sino como un susurro sereno que emerge desde adentro.
Después de celebrar 25 años de consulta en Kinesis, siento que esta intuición, que me ha acompañado desde el inicio, me está susurrando: es tiempo de abrir nuevos horizontes. Proyectos que siempre he soñado quedaron relegados por mis responsabilidades profesionales, familiares, emocionales y económicas. Pero ahora esa voz interior es inequívoca: “ves por ahí”.
Desde este momento verás una parte muy creativa de mí emerger. Estoy dispuesta a emprender esos caminos pendientes, esos sueños contenidos bajo la superficie. No como escapatoria, sino como acto de fidelidad a mi propia alma. Es una llamada profunda: honrar esa intuición que me ha acompañado tantos años.
Porque cuando la intuición susurra, no cabe demora: es momento de caminar hacia lo que verdaderamente me llama.
Si sigues por aquí de entrada te cuento que saco nuevo libro este próximo año, acompañado de arte.
Gracias por estar en mi camino.
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