Encadenados a pantallas y rutinas que nos inmovilizan, hemos olvidado que la felicidad no se piensa: se mueve. Cada paso, cada estiramiento, cada ejercicio realizado por gusto y cada respiración consciente son pequeñas rebeliones contra la inercia moderna, recordatorios de que el cuerpo guarda la llave más simple (y olvidada) del bienestar: el movimiento.


