¿Prejuzgar o rendirse?
En memoria del Dr. Jader Tolja
Bibiana Badenes
Escribí este texto hace años, como unos 13, después de un seminario de Anatomía Experiencial impartido por el Dr. Jader Tolja. Hoy, al saber de su fallecimiento, siento la necesidad de volver a él. No para corregirlo, sino para honrarlo. Porque aquel encuentro marcó un antes y un después en mi manera de comprender el cuerpo… y de habitarlo.
Fue uno de esos momentos en los que no aprendes algo nuevo, sino que recuerdas algo esencial.
Llegar a casa es una experiencia profundamente corporal. Cuando regresamos después de un viaje largo, el cuerpo lo sabe antes que la mente. Nos quitamos los zapatos, soltamos las maletas, desabrochamos botones, quizá abrimos la nevera y comemos con las manos. No lo pensamos: sucede. El sistema nervioso reconoce el espacio como seguro y deja de sostenerse. El viaje termina en el cuerpo.
Eso mismo sentí en aquel taller.
Durante una exploración por parejas, mientras mi compañero me movía, apareció algo muy revelador: mi mente quería ayudar, dirigir, anticipar hacia dónde debía ir el movimiento. Prejuzgaba la dirección. Pero cuanto más intentaba “hacerlo bien”, más confusión aparecía en mi cuerpo.
Hasta que algo cambió.
Cuando sentí el sostén incondicional del otro —no una técnica, no una intención, sino una presencia— el impulso de controlar desapareció. Y entonces ocurrió algo que durante años yo había malinterpretado: me rendí.
Y descubrí que rendirse no era fracasar.
Era llegar a casa.
Rendirse no es colapsarse
Jader nos enseñaba algo que entonces me atravesó y hoy sigo confirmando:
rendirse no es colapsarse ni congelarse. Rendirse es dejar.
Un animal puede luchar o huir, pero también puede rendirse. Y muchas veces esa rendición es la única vía de supervivencia. La rendición permite que la forma se disuelva y que el organismo encuentre una nueva organización. El tejido conectivo —la fascia— sabe hacerlo.
El colapso o la congelación, en cambio, no son rendición: son estrategias de supervivencia que fijan la forma. Es lo que vemos en los estados de estrés postraumático: rigidez, inmovilidad o desconexión.
Rendirse es permitir que algo cambie.
Congelarse es impedirlo.
En aquella sesión, al rendirme, mis nudos habituales se fundieron. Apareció una flojera física y mental. No había dirección que sostener ni forma que defender. El instante era ese. No podía prejuzgar lo que vendría, porque la rendición era la única vía para avanzar.
¿Rendirse para avanzar?
Sí.
El prejuicio como forma de rigidez
Nuestros prejuicios —nuestras ideas sobre cómo deberíamos ser, movernos o sentir— nos limitan antes incluso de empezar. Son anticipaciones que no nacen del cuerpo, sino del miedo y de la imagen.
¿Es un culturista más fuerte que Bruce Lee?
¿Más fuerte en qué?
El cuerpo no vive en categorías. Vive en organización, en relación, en función.
Cuando me rendí, sentí algo muy concreto: mi cuerpo había llegado a casa. Un lugar donde no había lucha, donde no era necesario contraerse para sostenerse. El conectivo se expandía, el movimiento emergía en oleadas, y tras ellas llegaba una calma profunda. Pensar, sentir y estar se alineaban. Aparecía una fluidez que no se puede fabricar.
No recuerdo ni siquiera qué zona del cuerpo era. La parte se disolvió en una sensación global. Salivé mucho. Mi imagen corporal —mi prejuicio sobre mi forma— dejó de sostenerse. Una nueva realidad se estaba construyendo en ese instante.
La teoría que por fin se volvió cuerpo
En aquel seminario no aprendí algo nuevo. Por primera vez lo encarné.
Mucha de la teoría que llevaba años estudiando —sobre fascia, tono, sistema nervioso, movimiento y conciencia— dejó de ser un marco intelectual para convertirse en una experiencia viva, ya estaba en el proceso, claro que estaban ya encarnadas, desde que recibí las sesiones de Rolfing y me forme, hubo un antes y un después, pero siempre en mis cambios había estado la terapia manual individual presente, no el trabajo por mi misma. Y en ese tránsito ocurrió algo aún más profundo: una parte de mi ego empezó a disolverse.
No fue una experiencia mística ni grandilocuente. Fue un proceso silencioso, corporal, casi desapercibido. Una parte de mí —la que necesitaba controlar, sostener una imagen, demostrar que sabía, anticipar, hacerlo bien— perdió de pronto su función. No porque yo la rechazara, sino porque el cuerpo ya no la necesitaba.
Y lo más sorprendente es que esa parte nunca ha podido volver del todo. Y doy gracias por ello. No sé de qué estaría enferma hoy si no hubiera ocurrido. No lo sé ni quiero saberlo. Solo sé que uno de mis personajes más exigentes, más tensos, más identificados con el esfuerzo constante, murió allí. Y con él se fue una forma de violencia interna que llevaba muchos años normalizada.
Tiempo después, el año pasado, cuando Jader leyó mi libro Inteligencia Corporal, me dijo algo que guardo como un regalo:
que sentía que no era un libro escrito sobre el cuerpo, sino desde el cuerpo, un email muy emotivo, me dijo ¿Qué donde había estado esa parte de mi todos estos años? Me estoy emocionando al escribir, imagino que ya te has dado cuenta.
Creo que esa posibilidad empezó a abrirse para mí en aquel taller, cuando dejé de mirar al cuerpo desde fuera y me dejé habitar por él.
Desde entonces, nada de lo que hago profesionalmente puede construirse solo desde la técnica.
Mis sesiones, mis clases y mis procesos siguen apoyándose en la ciencia —neurociencia, fascia, fisiología, movimiento—, pero su base es otra: una comprensión profundamente humana del cuerpo.
Un cuerpo que no es un objeto a corregir, sino un sistema vivo que busca, cuando se le permite, volver a casa.
Cuando la voz sale del cuerpo
Al terminar el curso, de vuelta en el coche hacia Benicàssim, me puse a cantar. La voz salía de ese mismo espacio. Sin esfuerzo. Como en los grandes artistas, donde la técnica importa, sí, pero es la presencia la que conmueve.
Los días siguientes fueron sorprendentemente fluidos. Mucho trabajo, mucho disfrute y, al mismo tiempo, una capacidad nueva de observarme desde dentro.
Yo ya sabía todo esto, en cierto modo. Toda mi vida ha sido una búsqueda de ese lugar. Pero una y otra vez lo abandonaba. Siempre había algo que me impedía quedarme. Mi camino profesional ha sido —y lo digo sin pudor— mi propia terapia.
Agradecimiento
Y quiero nombrar también aquí a Tere Puig.
Gracias por seguir, por sostener, por insistir en una apuesta que no es fácil en un mundo donde la terapia, el ejercicio, la transformación y la performance tienen que venir empaquetados para poder venderse bien.
Seguir apostando por lo vivo, por lo no estandarizable, por lo que no se puede convertir en producto rápido, es hoy un acto casi revolucionario. Y profundamente necesario.
Llegar a casa
Llegar a casa es sentir el cuerpo que alberga tu vitalidad.
Es no separar a la mujer de la madre, de la hija, de la hermana, de la amiga, de la fisioterapeuta, de la Rolfer™.
Es reconocer que ya estás. Que no hay papeles ni personajes que sostener.
Es rendirse a ser.
Hoy, al recordar a Jader Tolja, comprendo que su legado no fue solo su conocimiento anatómico o su brillantez pedagógica. Fue haberme mostrado, con el cuerpo, que la verdadera transformación no ocurre cuando hacemos más, sino cuando dejamos de interferir con lo que el cuerpo ya sabe.
Aún me queda por hacer.
Ya viajo más ligera.
La coleta me la quito y me la pongo.
Y siempre me Descalzo.
No para convertirme en alguien distinto, sino para seguir estando disponible a lo que emerge cuando el cuerpo deja de defenderse y puede, simplemente, estar.
Y volver, una y otra vez, a casa.
Gracias Tol
Bibiana Badenes


