Hormigas, mi cocina y fascia

Cuando la tensegridad entró en mi cocina

 

Hoy no estaba en mis planes fregar el suelo de la cocina otra vez. Pero una invasión de hormigas decidió lo contrario. Iban y venían en oleadas, siguiendo un rastro invisible que, para ellas, era un mapa perfectamente trazado hacia unas gotas de aceite.

Mientras me mentalizaba para sacar el cubo y la fregona, me quedé enganchada viendo vídeos de unos chicos que bailan en las calles de Medellín. Jóvenes prodigios del breakdance que parecen moldear el aire con el cuerpo. Me fascina cómo se mueven: amplios, fluidos, sin esfuerzo… como los niños, antes de que la rigidez y la “economía del movimiento” se instalen en ellos.

Mi sueño —y también mi trabajo— es que recuperemos esa capacidad: movernos ocupando todo nuestro cuerpo, sin frenar la vitalidad natural que nos habita. Llevo años desarrollando una práctica somática para ayudarnos a recordarlo. Y esos chicos, sin saberlo, me devolvieron algo esencial.

El cuerpo como una tensegridad

 

En el método Rolfing y en el movimiento somático, la tensegridad no es solo un concepto arquitectónico: es una clave para entender cómo está organizado nuestro cuerpo.

Un sistema de tensegridad combina elementos rígidos (como barras ) que no se apoyan unos en otros, sino que están suspendidos en una red continua de tensión (como cables, tendones o fascia). La estabilidad surge del equilibrio entre esas dos fuerzas: la compresión de lo rígido y la tensión de lo elástico.

Gracias a este juego dinámico, la estructura es fuerte pero, al mismo tiempo, flexible y adaptable. Muy distinto a los edificios de ladrillos, que dependen solo de apilar piezas rígidas.

La anatomía clásica describe el movimiento como músculos que tiran de huesos a modo de palancas. Pero si pensamos en el cuerpo como una tensegridad, ese modelo se queda corto. No somos materia rígida, somos materia blanda. Y la materia blanda —la fascia en particular— funciona con otros principios: es capaz de gestionar a la vez tensión y compresión.

El embriólogo Jaap van der Wal lo describe de forma brillante: el movimiento humano es un modelado constante de esa arquitectura blanda. Eso fue exactamente lo que vi en la bailarina Logistx: cada gesto, amplificado por la música, era un ejemplo vivo de esa danza interna. Movimiento fluido, expansivo, complejo y eficiente: la fascia en acción.

Hormigas, fascia y complejidad

 

La escena de mi cocina me recordó algo que explica Neil Theise en su libro Notas sobre la complejidad. La fascia, igual que una colonia de hormigas, no se entiende con las leyes lineales de la física de lo “duro”. Funciona de otra manera: impredecible, autoorganizada, cambiante.

En una colonia basta con que una hormiga deje un rastro químico para que otra lo siga; esa lo refuerza y atrae a más, y en minutos tienes un ejército cruzando la encimera. No hay un jefe, pero el sistema entero se organiza solo. La fascia hace lo mismo: miles de micro ajustes coordinados sin un “centro de mando”, respondiendo al entorno en tiempo real.

Caminar desde la fascia

Ver bailar a estos chicos me llevó a pensar en algo tan cotidiano como caminar. Solemos entenderlo como una mecánica de huesos y músculos: el cuerpo se inclina, un pie se adelanta para evitar la caída y seguimos así.

Pero la fascia no es tejido pasivo. Almacena y transmite energía —incluida la que viene de la gravedad y del impulso. Esto nos da otra manera de comprender la marcha: como un flujo de formas que se negocian con el entorno, ajustándose a cada instante.

Los músculos y huesos ayudan, claro, pero el papel protagonista lo tiene la fascia, que modula la forma global del cuerpo para que el movimiento sea eficiente y adaptable.

Fregar como práctica somática

 

Decidí que, ya que fregaba por culpa de las hormigas, podía hacerlo como un experimento de tensegridad. Busqué una sensación de expansión cómoda en mi cuerpo: estable como un paraguas abierto, pero con margen interno para doblarme, girar y estirarme sin perder amplitud.

No fue fácil. A ratos esa expansión se apagaba y tenía que recuperarla. Pero hubo momentos en los que sentí mi cuerpo entero presente, incluso en medio de una tarea que no me apetecía nada. Y esa experiencia fue poderosa. Lo curioso: después, mi movimiento fue más fluido y fuerte durante horas, sin necesidad de pensarlo.

Pasos hacia la totalidad

 

La fascia, la tensegridad y la conciencia del movimiento son caminos para volver a nuestra totalidad. No se trata de añadir esfuerzo, sino de recuperar el espacio interno que permite que la vida fluya a través de nosotros.

La próxima vez que tengas una escoba o un mocho en la mano, prueba a fregar como si bailaras con tu fascia. Quizá descubras que el movimiento consciente puede empezar en la cocina… incluso si hay hormigas de por medio.

Bibliografía

  • Theise, N. (2023). Notes on Complexity. Spiegel & Grau.

  • Levin, S. M. (2002). The tensegrity-truss as a model for spine mechanics: biotensegrity. Journal of Mechanics in Medicine and Biology, 2(3-4), 375-388.

  • Van der Wal, J. C. (2009). The architecture of the connective tissue in the musculoskeletal system – an often-overlooked functional parameter as to proprioception in the locomotor system. International Journal of Therapeutic Massage & Bodywork, 2(4), 9–23.