La verdadera desilusión no llega de los extraños
En más de treinta años acompañando cuerpos —y las historias que habitan en ellos— he observado un patrón que se repite con sorprendente coherencia:
la verdadera desilusión no llega de los extraños. Llega de las personas cercanas.
Un desconocido puede irritarnos o desestabilizarnos por un instante, pero no tiene la capacidad de tocar nuestras capas profundas. No ha tejido con nosotros expectativas silenciosas, gestos cotidianos, complicidades, memoria corporal. No forma parte del “nosotros”.
La desilusión que cala, la que deja huella en la respiración y la postura, solo nace en la cercanía.
El cuerpo como primer testigo
Stephen Porges, con su teoría polivagal, explica que nuestro sistema nervioso está diseñado para buscar seguridad relacional. Por eso, cuando una persona de nuestro círculo íntimo actúa de una forma que rompe esa seguridad, el cuerpo reacciona antes que la mente.
En mi consulta lo veo cada día:
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el pecho que se expande menos,
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unas fascias que pierden elasticidad,
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una mandíbula que no se acaba de soltar,
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una espalda que “de repente” te duele sin motivo aparente.
El motivo casi siempre existe: el cuerpo lo registra primero.
Peter Levine, creador del Somatic Experiencing, señala que incluso las rupturas relacionales pequeñas generan microcontracciones somáticas que afectan a nuestro equilibrio interno. No son grandes traumas: son minúsculas fisuras que desorganizan el gesto emocional.
La herida de lo esperado
Como recuerda Brené Brown, solo puede herirnos quien tiene acceso a nuestra vulnerabilidad.
La desilusión es una consecuencia del vínculo. No decepciona quien no forma parte de nuestra vida emocional.
Esa es la herida más sutil: la que se genera cuando lo esperado —ese acuerdo silencioso que sostiene la relación— se rompe. No es solo el hecho en sí, sino la desestabilización del mapa interno que teníamos del otro.
Y esa desestabilización siempre es corporal.
Regulación: el camino de vuelta
La reparación no es solo psicológica: es también física, relacional y nerviosa.
En mi trabajo con Inteligencia Corporal, insisto en que regularse no significa endurecerse, sino recuperar movilidad interna. Volver a habitar el cuerpo con honestidad. Volver a confiar en nuestra propia presencia.
El filósofo Gaston Bachelard dijo que “el alma necesita un cuerpo disponible para renacer.”
Y yo añadiría: necesitamos también un corazón dispuesto a reparar.
La desilusión duele porque habíamos estado abiertos.
Pero esa apertura —cuando se sostiene con conciencia— es también el origen de la reconciliación.
Tiempo de reconexión
Quizá por eso, en estas fechas en las que el año se cierra y otro comienza, el cuerpo suele invitarnos a revisar, soltar y reajustar.
No siempre podremos restaurar todos los vínculos, pero sí podemos reconciliarnos con nuestro propio gesto vital, con nuestra capacidad de sentir, de sostener y de seguir adelante.
Que estas fiestas sean un espacio para la presencia, la calma y, si es posible, para algún reencuentro pendiente —externo o interno.
Felices fiestas.
Que sean, sobre todo, un tiempo de reconciliación.
Y si quieres participar en alguna clase ahora es el momento.
estas online te encantaran, a mi me encanta darlas


